De Lilibeth y los puntos suspensivos
Yo sabía que me esperaba lo inevitable. Lo que no sabía era que tendría overol azul, brackets rosas y una pregunta imposible de responder con dignidad.
Literatura breve · Medallo, a deshoras
Historias para leer con una copa, una herida o cinco minutos libres. Poesía absurda, cruel y —a veces— sospechosamente tierna.
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Hecha para dramáticos inquietos
Índice de daños
Cuatro relatos para empezar. Ninguno incluye consejos responsables. El tercero tiene intereses.
Yo sabía que me esperaba lo inevitable. Lo que no sabía era que tendría overol azul, brackets rosas y una pregunta imposible de responder con dignidad.
Era la primera noche en casi tres años que iba a despertar sin escuchar sus patas, sus reclamos ni los ladridos con los que defendía nuestra puerta.
Para un estudiante de diecinueve años, veinte lucas no eran solamente veinte lucas. Eran presupuesto, plan de contingencia y una fe ciega en el futuro.
Brian ya había contado su versión. Cuando Oracio decidió escribirles a sus amigos, entró voluntariamente a un tribunal cuya sentencia parecía estar redactada.
Y ahí estaba yo. Sentado, encorvado y con la sonrisa perdida, sabiendo que me esperaba lo inevitable.
Escuché que dijeron mi nombre. Una muchacha de overol azul y brackets rosas me hizo una seña para entrar.
—¿Dónde tiene los puntitos?
—Jeje… en las bolas.
Sin perder la sonrisa, contestó: «Pues vaya descubriéndose las bolas». Era evidente: me deseaba con una intensidad difícil de ocultar.
Todo parecido es sospechoso
Todo aquí es ficticio. ¿O tal vez no? La línea que divide lo real de lo ficticio la pones vos.
Sin moralejas. Sin algoritmos. Aciertos y desaciertos, siempre con el mismo entusiasmo.